Como cada mañana antes de entrar a la oficina, Mario, Elena, Miguel, Azucena, Rebeca, Alberto y yo, el grupo del departamento de marketing nos tomamos un café, hablamos de nuestras cosas y echamos unas risas para el buen comienzo de la jornada laboral, son gente maravillosa, todos somos estupendos amigos, una verdadera piña.
Tenemos un lema, "Todos para uno y uno para todos".
Lo primero en cuanto me han visto fue darme un abrazo y tirarme de las orejas, un día como hoy hace 29 años mi madre me parió ha este mundo.
Sé que tienen alguna sorpresa para cuando salgamos del curro, ¡Bueno! siempre estamos de fiesta ya sea por cumpleaños, aniversarios o ascensos, el motivo es lo de menos.
Justo al entrar a la oficina Rebeca me dio una pequeña caja, dijo que las había hecho ella. ¡Guiñándome el ojo!
Siempre esta con sus experimentos culinarios, somos sus conejillos de indias.

Deje la caja encima del escritorio, y destape la tapa para ver el contenido, un peculiar aroma se filtró hasta mi nariz, serian como media docena de galletas, con toda seguridad el ingrediente principal seria una de sus exóticas plantas.
No pude con la tentación, soy un goloso empedernido, fueron cayendo una a una todas las galletas, hasta las migas que quedaron esparcidas por el escritorio acabaron siendo cebo para mi lengua.
Lo siguiente que recuerdo es tener la sensación de levedad, y la influencia de la gravedad dejó por un momento la sala, todo se tornó en vibrantes colores, los objetos comenzaron a manifestarse y tener vida propia.
Pero lo peor y más escalofriante de toda aquella alucinación para mi sorpresa, fue ver a mis compañeros, con cuerpos deformados y los rostros desfigurados por pústulas supurantes.
Enfocaron sus estremecedoras miradas hacia donde me encontraba, y en cada uno de ellos vi representado lo que más aborrecía y condenaba.
Al envidioso de Mario, la lujuriosa Rebeca, al perezoso de Miguel, Alberto el soberbio, la iracunda de Elena y por ultimo a la avariciosa de Azucena.
El terror recorrió todo mi cuerpo, salí espantado hacia los lavabos para despejarme de la paranoia, todo producto de mi glotonería. Abrí el grifo dejando correr el agua, y levante la cabeza, ante mí, el reflejo sanguinolento, carcomido y monstruoso semblante del último pecado capital.

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